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Por Agustín de Vicente

Comunidades de Alto Biobío se unieron en el deporte acuático por la defensa del río ante inminente amenaza de la Central Rucalhue

Crédito: Felipe Zanotti
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El proyecto contempla la tala de bosque nativo, afectando especies protegidas y alterando el ciclo natural del agua.

La aprobación por parte de CONAF para el inicio de las faenas del proyecto hidroeléctrico Rucalhue situado en el río Biobío en octubre del 2024 encendió alarmas entre comunidades locales, expertos ambientales y organizaciones de defensa territorial. La central hidroeléctrica, que se convertiría en la cuarta intervención de este tipo en el Biobío, ha sido duramente cuestionada por sus impactos ecológicos, socioculturales y económicos.

Sonia Flores Bustos, cofundadora de la escuela cultural, ambiental y deportiva Kayakimün, ubicada en Alto Biobío, enfatiza la importancia del río como un ser vivo que mantiene el equilibrio ecológico y cultural del territorio pehuenche. “Cuando un río es intervenido, sufre como un cuerpo al que se le impide fluir. El Biobío ya ha sido profundamente alterado y esta nueva represa sólo agudiza el daño”, afirma Flores.

El proyecto contempla la tala de bosque nativo, afectando especies protegidas y alterando el ciclo natural del agua. Según Esteban Flores Altenhoff, ingeniero civil hidráulico y coordinador del área hidrológica de la Fundación Manzana Verde, la construcción de la central generará cambios drásticos en el ecosistema del río, impactando la biodiversidad y la calidad del agua.

“Las represas interrumpen el flujo natural del río, afectan la migración de peces, alteran la sedimentación y cambian la temperatura del agua, lo que repercute en toda la cadena trófica”, explica. Además, destaca que la alteración del flujo de sedimentos generará un fenómeno conocido como "aguas hambrientas", que provoca erosión acelerada en las riberas y afecta la estabilidad del ecosistema.

Comunidades en resistencia: el agua como forma de manifestación

Como una forma de protesta pacífica y de conexión con el río, habitantes de Alto Biobío y también de otras regiones se unieron en el deporte acuático como un símbolo de resistencia. La actividad se llamó “Fluyamos como el río BioBío”. Esta actividad reunió a más de cien personas en balsas y kayaks para recorrer alrededor de 17 km de descenso para visibilizar su rechazo al proyecto hidroeléctrico. “El río es nuestra vida, nuestra historia y nuestro futuro. Navegarlo es nuestra forma de decir que no estamos dispuestos a perderlo”, expresaron los participantes de la actividad.

Este tipo de manifestaciones han cobrado fuerza como una estrategia para generar conciencia y demostrar que el río sigue vivo. Desde Kayakimün, se ha promovido la participación de niños y jóvenes en estas acciones, reforzando el vínculo entre las nuevas generaciones y la defensa del territorio.

Por su parte, diversas organizaciones incluidas autoridades tradicionales mapuche-pehuenche y colectivos de defensa ambiental, han interpuesto recursos legales para detener el avance de la central. La aprobación de CONAF ha sido cuestionada por su falta de consideración de tratados internacionales como el Convenio 169 de la OIT, que protege los derechos de los pueblos indígenas y su relación con el territorio.

Desde la Fundación Manzana Verde y la Red de Monitoreo Comunitario de Aguas, se han impulsado acciones de monitoreo ciudadano para recopilar datos sobre el impacto del proyecto. “El problema es que las decisiones se están tomando sin estudios adecuados y sin una evaluación real de las consecuencias a largo plazo”, advierte Flores Altenhoff. Además, menciona que Chile carece de un marco de planificación ecológica adecuado para proyectos hidroeléctricos, lo que permite que iniciativas como esta avancen sin contrapesos técnicos ni científicos sólidos.

Falsas promesas de desarrollo y efectos en la comunidad

El avance del proyecto se ha justificado bajo el argumento de impulsar el desarrollo económico de la región. Sin embargo, las experiencias previas con centrales hidroeléctricas en el Biobío muestran una realidad distinta. “Se promete empleo y desarrollo, pero la mayoría de los puestos de trabajo son temporales y, una vez finalizada la obra, las comunidades quedan sin beneficios reales y con un territorio deteriorado”, señala Flores Altenhoff.

A esto se suma el impacto social. Estudios han demostrado que la llegada masiva de trabajadores durante la construcción de estos megaproyectos suele incrementar los índices de violencia, consumo de drogas y desintegración comunitaria. “Las comunidades no solo pierden su relación con el río, sino que también enfrentan una transformación social que no siempre es para mejor”, agrega.

Las comunidades y organizaciones defensoras del Biobío hacen un llamado a la ciudadanía y a las autoridades a detener el avance de la Central Rucalhue y replantear la política energética del país. “Mientras en otros países están desmantelando represas para restaurar los ecosistemas, aquí seguimos promoviendo proyectos que destruyen los ríos y afectan a las comunidades”, concluyen los defensores del Biobío.

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